Agua

Placa de Fuera de Contexto para la crónica "Agua". Siete barras horizontales apiladas, como los lugares de una fila; una de ellas, en terracota, está en el medio.

En una mañana nublada, húmeda y pesada de Posadas donde la lluvia no termina de caer, la fila frente a SAMSA parece una forma menor de intemperie: ingresó a la oficina, sostiene el número 89, escucha que llaman al 70, y comprende que el agua también puede demorarse en una oficina.

El cielo está bajo, casi apoyado sobre la ciudad. No llueve, todo anuncia la lluvia pero quién sabe: el aire espeso, la luz apagada, esa humedad que se queda sobre la piel como una frase sin terminar. Frente a las oficinas de la empresa, llegó a las 8.30 sacó el número para guardar su turno, miró, era el número 89. Cuando observa el avance del llamado, va por el 70. Después por el 72. Entre un número y otro, la mañana pierde forma. El tiempo no corre: se filtra.

La sala de espera es una nube quieta hecha de pequeños cansancios. Hay facturas dobladas, comprobantes, papeles con vencimientos, deudas escritas con tinta fría. La gente lleva esos papeles como se lleva una preocupación: cerca del cuerpo, en silencio. Alrededor, unas cincuenta personas entre clientes y empleados componen una escena gris como el cielo. Nadie parece querer estar allí. No hace falta que lo digan. Lo dicen los hombros vencidos, los gestos breves, los resoplos que salen sin permiso y dejan en el aire una molestia.

La espera tiene un idioma propio. Una pregunta corta. Un suspiro. El roce de un papel contra otro. Alguien quiere saber cuánto falta, pero la pregunta cae sin dueño, como una moneda en un fondo vacío. Nadie responde con certeza. En la sala, la información llega del mismo modo en que a veces llega el agua a baja presión: débil, entrecortada, insuficiente. Primero aparece el nervio. Después el cansancio. Más tarde, una resignación opaca. El enojo queda ahí, cerca, como una nube que todavía no descarga.

Adentro, la escena tiene una geometría simple y triste. Como “Pensar en Nada”, de León Gieco, tres ventanillas para cobrar, una sola para atender. Tres lugares donde el dinero encuentra camino; uno donde los problemas intentan explicarse. Allí entran reclamos, deudas, aumentos, refinanciaciones, convenios, cortes, reconexiones, inspecciones que pasaron cuando no había nadie. La diferencia no necesita énfasis. Está a la vista, como esas cosas que duelen más porque parecen normales.

El trámite separa los ritmos con una precisión silenciosa. En esa proporción la mañana encuentra su metáfora más exacta: el sistema puede recibir pagos con más rapidez de la que puede recibir explicaciones o brindar soluciones. Del lado de las cajas, la mecánica parece limpia. Del lado de las consultas, cada usuario trae algo más que un número: una casa, una cuenta atrasada, una decisión postergada, una canilla que no puede esperar tanto como una ventanilla.

Entre quienes esperan hay personas mayores, su mayoría mujeres, señoras. No ocupan la escena como símbolo sino como presencia concreta: mate, alguien que se sumó como compañía para sopesar el tedio. Manos que acomodan bolsas, bastones que descansan, miradas que administran la paciencia sin pedir permiso. Algunas parecen conocer la coreografía de antemano. Preguntan poco. Se quedan. La resignación, en ellas, no tiene nada de paz: se parece más a una costumbre aprendida a fuerza de trámites. De a poco, también gana la táctica de la decepción. Varios números quedan ausentes. Tal vez algunos se fueron. Tal vez la mañana les ganó antes que la empresa.

La factura de agua tiene una crueldad discreta: habla de algo que nadie puede dejar de necesitar. En el papel hay importes, vencimientos, intereses, deuda. Detrás hay baños, ollas, platos, patios, ropa, chicos, trabajo, vida diaria. Hoy, en la mayoría de los casos, debe elegir qué paga primero y qué deja caer. Una de tres facturas, para evitar el corte. Comer, pagar el agua o cargar la SUBE para ir a trabajar. No es una consigna. Es una cuenta doméstica hecha contra la pared.

Hay momentos en que la espera deja de ser movimiento y se vuelve suspenso. Nadie habla. Nadie protesta. El mira hacia adelante, aunque delante no haya nada más que otro cuerpo abatido por el tedio esperando. Es una manera urbana de “Pensar en nada”: quedarse quieto dentro de una demora que ya no se puede medir, dejar que el reloj pierda autoridad, aceptar por un rato que el día pertenece a una oficina y no a quien lo trajo hasta allí.

La ironía no está en la gente. Está en esa escena donde el cielo guarda agua, la empresa cobra agua y la fila espera por agua. La palabra vuelve, inevitable, como en aquella canción de Los Piojos que hizo del agua algo más que una sustancia: necesidad, deseo, falta, promesa. Acá no hay música. Hay papeles. Hay una deuda. Hay una reconexión. Hay un servicio esencial convertido en expediente breve. El agua tiene su propio tiempo; el usuario, en cambio, tiene vencimientos.

La espera contiene lo que puede. Nervios, cansancio, resignación, enojo. Nada estalla, pero todo pesa. Cada uno de los presentes sostiene su motivo como quien sostiene una jarra vacía: una deuda, una consulta, un pago, una explicación pendiente. El tiempo se vuelve otra espera dentro de la espera, un hilo mojado que se estira sin romperse. Cuando alguien entra, otro ocupa su lugar. Cuando un número no aparece, la ausencia también habla: a veces no se abandona el trámite, se abandona la esperanza de resolverlo ese día.

Las nubes siguen ahí. No llueve. La ciudad queda cubierta por una luz opaca, de esas que vuelven más lento todo lo que tocan. Después de dos horas y media, se retira de la empresa con un convenio de un millón y medio de pesos y una reconexión de 455 mil por un servicio tan esencial y necesario como el agua. El problema, en apariencia, quedó resuelto. Pero la solución deja una marca: una mañana perdida y plata que hoy no está. Dentro de la empresa la fila continúa, porque la fila siempre parece continuar. El cielo amenaza con agua. Abajo, el agua ya es factura, deuda, corte posible, reconexión, convenio. Una necesidad básica convertida en turno, y después en deuda, y después en silencio.